Historia del bar Tiki

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El padre de la coctelería y de los bares Tiki fue una especie de pirata que durante la Ley Seca abastecía de ron a los famosos Speakeasy. Se llamaba Ernest Raymond Beaumont Gantt. Aquel lánguido joven de nariz afilada y mirada despierta pasó su juventud surcando los mares del Caribe y el océano Pacífico. Sobre todo se enamoró de la Polinesia: Hawái, Tahití, Bora Bora, Isla de Pascua, etc. Durante aquellos emocionantes años de contrabando, mar y aventuras, el joven Ernest, además de vivir un incontable número de peripecias, atesoró un gran conocimiento en rones.

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Una vez terminada la Ley Seca, allá por los años 30 Ernest llega a California y se establece en McCadden Place, Hollywood, donde abrirá su bar Don the Beachcomber, nombre con el que el mismo Ernest va a ser conocido a partir de ese momento. El Don the Beachcomber era un bar de decoración espectacular con los artefactos que había recopilado durante sus viajes. La iluminación, la música, el mobiliario transportaban a sus clientes a un mundo exótico de color lejos de su mundo gris de asfalto, hierro y hormigón. Don empezó a servir en su bar unos cócteles a base de zumos de fruta fresca, especias y ron, en ellos destacaban jarabes y preparados caseros que le daban un toque único. El talento de Don era innegable y su éxito se iba extendiendo como la pólvora. Sus preparados caseros, los zumos naturales, el uso acertado del ron según el combinado y el uso de sus famosos Tiki Mug o Tiki Bolws, recipientes hechos con cerámica inspirados en la Polinesia, Melanesia y Micronesia, hacían de la coctelería de Don algo extraordinario que se contaba al día siguiente en la oficina, después de haber estado en su bar. Don era un genio. Como suele pasar en estos casos siempre que alguien destaca salen imitadores y gente que quiere aprovecharse del talento ajeno. En el bar de Don se empezaron a dar casos de camareros que se iban a la competencia y copiaban algunos de sus preparados. Esto empezó a ser un dolor de cabeza importante para él, más que por la fuga de recetas por el golpe a su ego. Este genio coctelero nunca daba una receta por terminada, siempre estaba en continua revisión, siempre intentaba mejorarla o simplemente experimentar por el simple placer de probar cosas nuevas. Don era un auténtico espíritu rebelde. Por esto, para Don era un fastidio que le robaran las recetas, porque era como si tomaran una instantánea de su arte y la reprodujeran sin más. Para él sus recetas eran entes vivos que crecían y evolucionaban, tenían vida propia y reproducirlas sin arte significaba en la mayoría de los casos estropearlas. Nunca iban a ser lo mismo, carecían de alma, por lo que en sí mismo era un sacrilegio. Es por ello, que empezó a ser más cauto a la hora de elaborar sus preparados, además de ser más cuidadoso en la selección de su personal.

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En ese momento apareció Victor, un joven de familia pudiente, que se había enamorado de los cocteles de Don y de su universo de ensueño. Victor Bergeron quería saber, quería hacer, pero sobretodo quería encumbrar a su Dios, Don the Beachcomber, en lo más alto del Olimpo de los dioses. Victor logró entrar en la plantilla de Don. Cuando Victor empezó a coger confianza, le confesó a Don que quería hacer de su arte un auténtico negocio, quería que en cada ciudad importante del país hubiera un Don the Beachcomber. Don, le dio dos palmaditas en la espalda y le dijo condescendientemente: “Chaval, para mí el dinero es lo de menos, para mí lo importante es que cuando nuestro cliente venga y pruebe nuestros cócteles sienta que está en una playa paradisíaca, en una cadena de bares esa esencia se perdería”. Las calabazas de Don a Victor significaron un antes y un después para él, fue un chasco muy grande, así que empezó a espiarle, para aprender las fórmulas y montar por su cuenta un bar Tiki. Cada vez era más atrevido y confiado en sus incursiones en el laboratorio de Don, hasta que llegó el día en que lo pilló. Lo hechó a patadas de allí y lo despidió. Aquel día Don estaba preparando su Orgeat casero.
Después de que lo echaran del Don the Beachcomber, Victor viajó por el Caribe, probó daiquiris en El Floridita de La Habana, volvió a los Estados Unidos y fundó el Trader Vic’s. Trader Vic fue el que extendió la moda Tiki, primero por Estados Unidos y, después, por el resto del mundo con su franquicia. Se le atribuye a Victor la receta del cóctel Tiki más famoso e internacional. Don reclamó este cóctel como propio; aunque fue Victor el que lo hizo famoso y es que según cuenta la historia hizo el susodicho cóctel para un grupo de amigos que al probarlo exclamaron: “Mai Tai, Roa Ae!”, que significa en argot peruano: ¡Espectacular, te pasaste!, de ahí le viene el nombre. Don nunca cesó de reclamar la paternidad del cóctel, es por eso que Vic decidió juntarse en 1974 con los amigos que fueron participes de la creación y decidieron firmar una declaración jurada para que no quedará duda de quién fue el creador. Pero, lo cierto, es que el secreto de un buen Mai Tai, a parte del ron, es el Orgeat; el Orgeat de Victor es de fórmula clavada a la de Don.
Las guerras marcaron el apogeo, pero también la caída del imperio Tiki. Tras la Segunda Guerra Mundial, los soldados norteamericanos volvieron a los Estados Unidos con sed de seguir bebiendo aquello que habían conocido en sus viajes por el Pacífico. La economía entonces vivía un boom, Hollywood recorría sus años dorados y todo llevó a que la felicidad Tiki creciera sin límite. En aquellos años Trader Vic se hizo de oro, Don por su lado se divorció de su mujer y ésta le quito hasta los calzoncillos, quedándose hasta con su bar. Después de esto, Don decidió irse a Hawái a volver a empezar y allí pasó el resto de sus días haciendo lo que más le gustaba y rodeado de un auténtico paraíso de sol y playa. Los bares tiki continuaron su éxito hasta el fracaso de Vietnam. A mediados de los 70, con la caída de Saigón, el exotismo oriental dejó de ser una fantasía para convertirse en pesadilla. Y los bares terminaron de aniquilar una tendencia que había durado 50 años.
Si Don the Beachcomber es el padre, Beachbum Berry es, de alguna manera, el profeta de la coctelería Tiki. Se ha dedicado durante los últimos veinte años a recuperar las recetas perdidas, teniendo que llegar a sacar las libretas de notas de los bolsillos de los bartenders originales nonagenarios que trabajaban en los primeros bares Tiki. Le debemos mucho, la mayoría de lo que sabemos hoy día de la coctelería Tiki originaria es gracias a Beachbum Berry.
Desde el comienzo del siglo XXI la figura del bartender ha vuelto a coger relevancia dentro de la restauración y con este renacimiento se ha vuelto a despertar el interés por la coctelería Tiki. Ahí están ejemplos relevantes en todo el mundo como el Forbidden Island en San Franciso, el Honi Honi en Hong Kong, Rico Tiki Bar en Mar del Plata, el Mahiki en Londres; nuestra península no es una excepción y aquí tenemos el Mauna Loa o el Bora Bora en Madrid o el Tahití en Barcelona. El secreto de este resurgimiento está en que los cimientos de la coctelería Tiki, ya que se basan en la cultura del homemade tan en boga en los últimos tiempos. Y, es que lo hecho en casa desde el know how con productos frescos es garantía de calidad y un valor añadido que hace de nuestras barras un lugar especial al cual nuestro cliente siempre querrá volver. Todo esto forma parte de nuestra cultura de bar más pura. Don The Beachcomber con sus preparados caseros convirtió la profesión de bartender en todo un arte y la coctelería en una experiencia sensorial más allá del paladar. Si tenéis ocasión no dudéis en poner a prueba a vuestro bartender de cabecera y pedidle un cóctel Tiki.

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¡Salud, amigos! O como diría un hawaiano: “Okole maluna!”.

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