JAPÓN

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Hola amigos,
me voy a presentar, yo soy Lola, propietaria del Llámame Lola. Supongo que algunos habréis oído hablar de mí, creo que Beltrán ya os contó un poco de mi vida y de cómo los planetas se alinearon para que nuestro local naciera. Ya hace más de dos años y medio que cogí mi mochila y partí de Ontinyent para recorrer el mundo.
El año pasado allá por Todo los Santos los chicos me contaron lo que habían planeado para esa fecha, versionar el formato de restaurante pop up a su manera, saliéndose así de la más que sobada Fiesta de Halloween, para montar un mexicano esa semana y celebrar el Día de los muertos, una fiesta más interesante que la de los yanquis. El caso es que Beltrán ya me dijo que si repetían el formato pop up en otra localización del globo, sería muy divertido si yo contaba algo sobre el lugar en caso de que ya hubiera pasado por allí. La idea no me desagrado, es más me resultó muy interesante. En el Viaje de Lola a la Polinesia ya me preguntó si podía escribir algo, pero lo cierto es que aún no he dirigido mi rumbo a alguna de las miles de islas de la Polinesia. La verdad es que voy viajando conforme se van dando las circunstancias, dejo que mi vida fluya y poco a poco el camino se va dibujando. Sin duda, es más emocionante y os aseguro que la vida me ha regalado en este tiempo momentos inolvidables, gracias a dejar que todo discurriera de forma natural.
El día que me enteré que el siguiente Viaje de Lola iba a ser a Japón no lo dude, era el momento de empezar a contaros cosas de mi viaje y de mis experiencias. Japón ha sido una de las culturas que me ha resultado más interesante y que siempre había querido conocer. La influencia me viene del manga y del anime, bueno, para ser justos más bien de mi prima Rosa. Ella es super friki y desde que tengo uso de razón la he conocido devorando mangas y dibujando sin parar. El caso es que ella me transmitió esa pasión, y manga que pasaba por sus manos, manga que acababa en las mías. Death Note, Love Celeb, Lovenista, Cazadora de espíritus, Princesa Hanaoka, Bleach, Skip Beat, Tokyo Ghoul son algunos de los culpables que me quedará hasta altas horas de la madrugada, enganchada, leyendo como si no hubiera mañana. Siempre iba al cole y al insti con unas ojeras de palmo, mi madre siempre me estaba riñendo por ello, pero en el fondo sabía que me iba a salir con la mía, de una forma u otra, al final ya no me decía nada, pobrecita. El anime no ha sido una excepción, aunque no con el mismo entusiasmo, pero he de confesar que estuve enganchadísima a Samurai Champloo y últimamente sigo bastante No Game No Life. Aunque me tira más el manga, porque tengo un punto fetichista, que queréis que os diga es todo un placer poder tocar y oler el papel. Pero sobretodo soy pro manga porque lo que más me gusta es dar rienda a mi imaginación y dar movimiento a esos personajes que en el papel permanecen inmóviles, pero que en mi mente vuelan.
Una de las cosas que aprendes cuando viajas es a percibir más allá de los monumentos y de los espacios, a encontrar la verdad de una cultura y de sus raíces. Cuando algo te impresiona es porque remueve algo en tu interior. El primer día en Osaka, por ejemplo, me fascinó el silencio en el metro, el orden a la hora de entrar y de salir. Son gente reservada, pero superhospitalaria. Me acuerdo que en una ocasión le pedí una indicación a un hombre que iba con sus nietos, él dejó su camino y me acompañó hasta la puerta. Eso sí de inglés ni papa, pero la grandeza de la gestualidad y la predisposición a querer entenderse pueden con todo. Otra cosa que me fascinó fue comprobar la gran afición que tienen a leer manga, a todas horas y en todas partes. Y, es curioso, que en uno de los países más adelantados tecnológicamente la gente lee en papel, no utilizan tablets. En Japón puedes empaparte de cultura y arte en sus santuarios sintoístas y budistas. Pero realmente te quedas loca cuando te encuentras en medio de un bosque de bambú y escuchas ulular el viento al pasar entre las cañas, me entran escalofríos solo de recordarlo, esto me sucedió cuando estuve visitando el jardín Kokoen en Himeji, este jardín se divide en varias partes y una de ellas es un gran bosque de bambú. Una sensación que se repitió en Arashiyama en Kioto, al pie de la montaña hay un gran bosque de bambú en el que me reencontré con aquella música que te remueve lo más profundo del alma. Encima si subes a la montaña puedes contemplar todo Kioto, una panóramica increíble, un auténtico regalo para la vista, una instantánea que tuve que llevarme en la mochila. Justamente, en el mismo Kioto, dando un paseo nocturno por el distrito de Gion, me encontré con una geisha de carne y hueso. Había leído tanto de ellas que te formas una idea, pero verla en vivo, cara a cara, me impactó. Son reales, pensé. Son preciosas e irrepetibles. Me quedé media hora embobada mirándola. ¡Qué preciosidad! Aquel encuentro quedó también grabado en mi memoria.
Para mí son esos instantes los que hacen irrepetible la experiencia de viajar. Pero, sin duda, si me preguntáis por cual fue el momento más mágico en Japón y que jamás olvidaré, yo os responderé que en la plaza frente a la estación de trenes de Shibuya. En esa plaza hay una estatua de bronce del perro más emblemático de Japón, Hachikō. Hachikō es la historia de un perro y su dueño que estaban destinados a conmover al mundo. Hachikō fue un regalo que le hicieron al profesor de la Universidad de Tokio Eisaburō Ueno a raíz de la muerte traumática de una perra anterior. Hachikō fue enviado en una caja desde la prefactura de Akita hasta la estación de Shibuya, un viaje de dos días ni más ni menos. Cuando los sirvientes del profesor fueron a recogerlo, creyeron que estaba muerto. Cuando llegaron a la casa del profesor, este le acercó al perro un tazón de leche y el perro se reanimó. Al principio no lo quería, pero enseguida se encariñó. Hachi acompañaba todos los días al profesor hasta la estación cuando se iba a trabajar a la universidad y volvía a la tarde para esperar su regreso. Durante dos años aquella estampa se repitió continuamente hasta el punto que los habituales de la estación conocían a Hachi. Un día el profesor sufrió un ataque de corazón y nunca más regreso a la estación. Hachi se quedó esperando y continuó esperándolo durante casi diez años hasta que murió. Durante ese tiempo la gente misma de la estación que lo conocían, le daban de comer y le cuidaban. La devoción de Hachi hacia su dueño no pasó inadvertida entre propios y extraños que le acabaron apodando el perro fiel.

Hachiko
Pues, bien allí delante de Hachikō me retrotraje a mi infancia, cuando apenas contaba con cinco añitos. Hacia un año que mi padre había desaparecido en alta mar y mi madre y yo estábamos viviendo en el caserío de mis abuelos. Un día, paseando por la montaña de Pagasarri, nos encontramos con una perrita preciosa que nos siguió y acabó viviendo con nosotras. Mi madre no quería perros, pero aquella perrita tenía algo especial. Además yo estaba encantada con ella y mi madre con eso ya tenía suficiente. Así que la perrita que yo llamé Linda se quedó con nosotras. Un día iba yo jugando por el campo tan ricamente, cuando me tropecé con una serpiente enorme, la bicha (así les llamaba yo de pequeña) se me plantó delante de mí y yo me puse a llorar y a gritar como una loca. Y de repente apareció de la nada Linda y ¡Zas!, se abalanzó sobre la serpiente y la mató. Yo me quedé descompuesta llorando despavorida y al momento apareció mi madre. Desde aquel día Linda fue la reina de la casa. Curiosamente, Linda igual que apareció, un día desapareció y no volvimos a saber nada de ella. Menudo disgusto nos cogimos. Pero es curioso, delante de la estatua de Hachikō me di cuenta que aquella historia al igual que la de Hachi eran historias mágicas. Aún se me pone la piel de gallina solo de pensarlo. Recordé lo que me gustaría tener un perro, pero pensé que el día que tuviera uno él sería el que me encontraría a mí.
Hachikō era un perro de la raza Akita, una raza que ha permanecido pura durante 3000 años, qué se dice pronto, una raza cien por cien japonesa. Y pensándolo bien Hachikō representa a la perfección al pueblo japonés. Un pueblo constante, perseverante, que no desfallece ante la adversidad. El país del sol naciente es un país que se distingue al resto de la faz de la tierra por su orden y su respeto. Un pequeño país asentado en una de las zonas más vivas del planeta, que está cambiando constantemente. Ni bombas, ni terremotos podrán con él, porque Japón está lleno de gente valerosa, gente de honor que no se rinde ante nada, su perseverancia, al igual que la de Hachikō debería inspirar al resto de la humanidad. Si todos siguiéramos su ejemplo, seguramente nos iría mucho mejor. Me imagino que ya os habréis dado cuenta, efectivamente, estoy enamorada de Japón.
Bueno, amigos, espero que os haya gustado lo que os he contado de mi viaje a Japón. Me encantaría poder volveros a escribir pronto, sólo es cuestión de que los chicos me lo pidan, a ver si no tardan mucho en buscar nuevo destino. Encantada de poder dirigirme a vosotros y sólo me queda despedirme hasta la próxima.
¡Hasta pronto! ¡Disfrutad del viaje!

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